Capitulo 9: Victoria

El zumbido de los flashes fotográficos quedó atrás en cuanto las pesadas puertas blindadas de la limusina de Dante se cerraron, sepultando el ruido exterior en un silencio absoluto. El vehículo avanzaba con suavidad por las avenidas de la ciudad, pero dentro de la cabina, la atmósfera estaba cargada de una energía eléctrica que nada tenía que ver con los negocios.

Asley mantenía la mirada fija en la ventanilla, observando las gotas de lluvia resbalar por el cristal tintado. Sus manos, firmemente entrelazadas sobre su regazo, todavía temblaban sutilmente. No era por miedo; era la adrenalina pura de haber visto el momento exacto en que los ojos de Tristan Gibson perdieron todo rastro de luz. La humillación pública había sido perfecta, matemática, letal.

Dante la observaba desde el asiento contiguo. Su postura era relajada, pero sus ojos verdes, agudos como los de un felino en la penumbra, no se apartaban de cada uno de sus movimientos. Con un gesto pausado, extrajo un cigarro del estuche de plata, pero no lo encendió. Simplemente lo sostuvo entre los dedos, estudiando el perfil afilado y digno de su esposa.

—Lo hiciste impecable allá adentro —dijo Dante, su voz profunda rompiendo el silencio como un eco magnético—. Ni una sola lágrima. Ni una pizca de duda. La junta de ministros quedó fascinada con tu intervención sobre los hangares del norte.

Asley soltó un suspiro largo, permitiendo que sus hombros bajaran un par de centímetros por primera vez en todo el día. Se giró hacia él, encontrando esa mirada que ya no le resultaba intimidante, sino extrañamente adictiva.

—Por un momento pensé que iba a saltar sobre la mesa —admitió ella, con una media sonrisa gélida—. Tristan siempre fue un hombre violento cuando perdía el control. Pero verlo caer en su propia silla, sin aliento... fue como si una losa de hormigón se me quitara del pecho.

—Un cobarde acorralado siempre reacciona con ruido —sentenció Dante, inclinándose sutilmente hacia ella, reduciendo la distancia física entre los dos—. Pero tú ya no estás sola en la acera, Asley. El peso de mi apellido lo aplastó antes de que pudiera siquiera levantar la voz.

El aroma a sándalo y poder que envolvía a Dante inundó los sentidos de Asley. En ese espacio confinado, la presencia del hombre que la había rescatado de la tormenta se sentía inmensa, casi abrumadora. Asley bajó la vista hacia las manos de Dante: manos grandes, firmes, marcadas por un pasado de esfuerzo en los hangares, pero que con ella siempre se habían movido con una delicadeza desconcertante.

—Gracias, Dante —susurró ella, y por primera vez en tres meses, su voz no llevaba el uniforme de la frialdad corporativa. Era la voz de la mujer real—. No solo por el contrato. Por devolverme el derecho a respirar.

Dante no respondió de inmediato. Extendió su mano derecha y, con una lentitud exasperante, colocó sus dedos sobre los de ella. El calor de su tacto atravesó los guantes de seda de Asley, enviando una descarga directa a su corazón. Dante no retiró la mano; la apretó con firmeza, posesivo pero protector.

—El contrato decía que yo te daría un arsenal, Asley —murmuró él, sus ojos verdes brillando con una intensidad nueva, desprovista de cinismo—. Pero ver cómo disparas cada arma... eso ha sido un placer puramente mío. No tienes nada que agradecer. Eres una Moretti ahora. Y yo cuido lo que me pertenece.

El auto cruzó las rejas de la mansión, deteniéndose frente a la gran escalinata de mármol. El chofer abrió la puerta, pero ni Asley ni Dante se movieron de inmediato. Sus miradas se quedaron entrelazadas en un pacto silencioso que ya no tenía nada que ver con Tristan, ni con la aerolínea, ni con la quiebra inminente de Skyline Empire. Algo nuevo, un fuego lento y peligroso, acababa de encenderse entre las sombras de la limusina.

Al bajar del vehículo, la primera silueta que Asley vio en el gran recibidor fue la del pequeño Leo, quien corría hacia ella con un oso de peluche en los brazos. Detrás de él, Elena sonreía con respeto. Asley se arrodilló, recibiendo el abrazo de su hijo, sintiendo las lágrimas asomarse a sus ojos, pero esta vez eran lágrimas de una victoria absoluta.

Dante se detuvo a su lado, colocando una mano firme sobre el hombro de Asley mientras miraba al niño. Tristan Gibson lo había perdido todo esa mañana, pero en esa mansión, sobre el mármol sólido, el nuevo imperio de Asley apenas estaba comenzando a construirse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP