Luna fue llevada a un lugar apartado y solitario, rodeado de montañas que se extendían en todas las direcciones. Era el lugar más alto y desolado de la capital, al que casi nadie iba.
Durante todo el trayecto no había cámaras de seguridad ni coches. Cuando el coche se detuvo, Luna se asustó y agarró con mucha fuerza el cinturón de seguridad, encogiéndose:
—¿Qué pretendes hacer?
Los largos dedos de Andrés descansaban suavemente sobre el volante.
—No tengo nada que ver con lo que le pasó a Isabel