Vincent se quedó inmóvil un instante; las palabras resonaban como fuego en sus oídos: quemaban. La imagen se le había grabado a fuego en la memoria, imposible de borrar. Entonces cayó en la cuenta: Jennifer no era su mujer. Era libre de ver a quien quisiera. ¿Qué significaban unos cuantos besos? Si acaso, era ella quien se había sincerado y él quien la tenía en vilo.
Tomó otro sorbo y sostuvo la puerta abierta.
—¿Me estás echando? —Tracy retrocedió, sin dar crédito a sus ojos. Acababa de enseña