Los pequeños pájaros afuera ya estaban despiertos, parloteando contra la quietud del amanecer. Sus voces cortaban el silencio matutino, brillantes e insistentes, como si el mundo mismo no les hubiera dado razones para callar. Tal vez cantaban porque no conocían la preocupación—o porque la conocían, pero elegían cantar de todos modos. Cualquiera que fuera la razón, su coro era implacable.
En sus brazos, ella se movió levemente, su respiración calma y uniforme. Su piel estaba cálida contra la de