Al día siguiente, al amanecer, Sofie despertó sola, envuelta en las sábanas revueltas de su cama. Por un instante, pensó que lo que había sucedido la noche anterior no había sido más que otro de sus tantos sueños. Sin embargo, los rastros en su cuerpo y en su mente no dejaban dudas: aquello había sido real. Mathias, con una arrolladora intensidad, la había poseído, una vez más, despertando los sentimientos que ella creía haber reprimido, dejándola desorientada.
Con esa extraña sensación, y sin