El llanto de los trillizos resonó en el amplio pasillo del hospital, de manera desgarrador, y Sofie sintió cómo el corazón se le rompía en pedazos. Intentó mantener una expresión serena, pero sus manos temblaron ligeramente al estirarlas hacia Emma, tratando de calmarla.
—No pasa nada, amores. No estoy enferma. No los dejé por eso. Solo tengo algo importante que hacer antes de volver con ustedes… —mintió con suavidad.
—Así que le mientes a tus propios hijos, ¿eh? —inquirió Mathias con frialdad—