Las dos guardaron silencio por un tiempo, cada una con sus propios pensamientos, cada una con el dolor silencioso de una pérdida irreparable. Pero el tiempo no se detenía, y la vida seguía, siempre exigiendo más de todos. El día llegaba a su fin, y la noche comenzaba a apoderarse del escenario, trayendo consigo el frescor de la tranquilidad, pero también el peso de la preocupación que aún flotaba en el aire.
La rutina de madres y tías, preocupadas y cansadas, pronto se hizo presente. Los niños