—Tú lo dices porque no te pasó a ti —responde Liz entre sollozos—. Terminé quitándole la vida a alguien. Aunque me hizo tanto daño, no merecía morir. Solo Dios puede quitar la vida, y yo terminé asumiendo ese papel.
—No fue exactamente así —la interrumpe Jack—. No fuiste tú quien la mató, fue el accidente. Aunque tú conducías, ella murió porque no llevaba el cinturón de seguridad y porque estaba contigo cuando sabía que no querías su compañía. Hay muchas razones por las que murió, y no fue tu c