Punto de vista de Nadia
No encendí las luces. Dejé mi bolso junto a la puerta y me senté en el borde del sofá, con las manos tan juntas que me dolían los dedos. Las palabras de Damien no dejaban de darme vueltas en la cabeza, cada repetición más nítida que la anterior.
Eran hermanos. Hermanos de sangre de verdad, y había sido demasiado estúpida para darme cuenta. ¿Acaso todo esto era solo un juego para ellos?
Intenté convencerme de que mentía. Damien siempre había mentido con facilidad, con comodidad, como si fuera su segunda naturaleza. Pero esta no era la clase de mentira que se suelta a la ligera.
Volví a mirar la hora: Adrian llegaba tarde.
Cada sonido me ponía tensa: el zumbido del frigorífico, el ruido lejano del tráfico. Repasé cada interacción entre Adrian y Damien que había presenciado, cada momento de tensión que había descartado como rivalidad o ego. La forma en que Adrian apretaba la mandíbula cada vez que mencionaban a Damien. La forma en que cerraba las conversaciones co