Punto de vista de Nadia
La traición tiene forma de oler a humo. No a fuego, no a cenizas, solo a humo —el tipo que se queda en el aire mucho después de que la llama se haya extinguido. Lo sentí antes de verlo, en las sutiles inconsistencias de la red, en los movimientos susurrados que había rastreado durante meses, en las pequeñas anomalías que gritaban que alguien estaba pasando información a Mireya.
Todo empezó con un mensaje —corto, deliberado, sin firma:
Confía en ti. Úsalo.
Lo miré durante mucho tiempo, dejando que las palabras rodaran sobre mí, que se asentaran. Y entonces lo sentí: la fría y reptante realización de que alguien cercano —alguien que había creído intocable— estaba detrás. Alguien con acceso, alguien con conocimiento, alguien que me entendía lo suficiente para explotar cada debilidad.
La primera persona que vino a mi mente era la única con ese tipo de acceso: mis padres.
No actué de inmediato. Dejé que el pensamiento se demorara, lo saboreé, lo examiné, dejando que