Punto de vista de Nadia
No le dije a nadie a dónde iba.
Ni a mis padres, ni a Elena, ni siquiera a mí misma —al menos no en voz alta. Decirlo lo habría hecho real, y aún no estaba segura de estar lista para eso. Así que me moví en silencio, con deliberación, como si el silencio mismo pudiera servirme de armadura.
El mensaje seguía en mi teléfono como un arma cargada.
Mañana. 8 p.m.
Mereces la verdad.
Sin dirección. Sin nombre. Solo certeza.
Eso solo me decía todo lo que necesitaba saber sobre