Punto de vista de Nadia
Supe que algo había cambiado en el momento en que desperté.
No fue dramático. Ni sirenas. Ni sombras en la ventana. Solo una quietud equivocada en el aire, como si el mundo se hubiera desplazado una fracción a la izquierda y esperara que no lo notara.
Me quedé inmóvil en la cama, mirando el techo, escuchando.
Nada.
Ese era el problema.
Mi teléfono seguía en la mesita de noche donde lo había dejado, boca abajo. No lo toqué. No necesitaba hacerlo. Ya sabía que no habría llamadas perdidas, ni mensajes, ni preocupación frenética esperándome.
El silencio se había vuelto deliberado.
Me levanté despacio, cada sentido en alerta. Corrí la cortina unos centímetros.
Un coche negro estaba estacionado al otro lado de la calle.
No había estado allí la noche anterior.
Mi estómago se apretó —no de miedo, sino de reconocimiento.
"Entonces esto es lo que se siente ser visible," murmuré.
Me duché, me vestí, me moví por el apartamento con una normalidad cuidadosa. Si alguien estab