Capítulo Ciento Diecinueve

Punto de vista de Nadia

La mañana no arregló nada.

Nunca lo hace, en realidad. Solo ilumina el desastre que estabas demasiado agotada para mirar la noche anterior.

Me desperté con esa pesadez familiar en el pecho, del tipo que hace que respirar parezca trabajo. Durante unos segundos me quedé allí mirando el techo, esperando —estúpidamente— que ayer hubiera sido un malentendido elaborado. Que me hubiera imaginado el expediente, el nombre, la forma en que la voz de mi madre se quebró cuando por fin dejó de fingir.

Entonces mi teléfono vibró en la mesita de noche.

La realidad volvió a encajar en su lugar.

No miré el mensaje. No necesitaba hacerlo. Ya sabía que sería uno de ellos. Otra disculpa envuelta en explicaciones que no estaba lista para oír. Otro intento de suavizar algo que ya había cortado demasiado profundo.

Me senté despacio y bajé las piernas de la cama. El apartamento se sentía desconocido, como si ya no me perteneciera. Como si hubiera entrado en la vida de otra persona dur
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