Punto de vista de Nadia
No dormí.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a oír esa voz: baja, firme, indiferente al miedo.
Deja de buscar.
La gente que dice eso nunca lo hace como consejo. Lo hace como amenaza.
Para la mañana, mi agotamiento se había transformado en algo completamente distinto. Determinación. Del tipo que se siente calmada, aterradora e irreversible. Me duché, me vestí y me recogí el pelo con manos que ya no temblaban.
El miedo había hecho lo peor.
Ahora era mi turno.
Extendí todo sobre la mesa del comedor otra vez: el expediente de adopción, la nota del hospital, las medias verdades de mis padres, nombres que giraban en mis pensamientos como buitres. La palabra él estaba en el centro de todo —sin rostro, pesado, deliberado.
Quienquiera que fuera, tenía suficiente poder para borrar registros.
Suficiente influencia para asustar a mis padres hasta el silencio.
Suficiente alcance para llamarme y decirme que desapareciera.
Volví a trazar la fecha en la nota del hospital. M