El silencio se alargó como un abismo. Valentina sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. No podía perder a Mariana. No podía.
—No te lo permitiremos —dijo, con la voz temblorosa pero firme.
Sofía sonrió.
—No tenéis elección. Pero os daré un plazo: una semana. Una semana para decidir si entregáis a la niña voluntariamente o si lo hacemos por las malas. Y creedme, no querréis que lo hagamos por las malas.
Se dio la vuelta y caminó hacia el helicóptero, seguida de sus hombres. Antes de s