Pasaron los meses y la vida en el faro recuperó su ritmo tranquilo. El invierno llegó con sus días grises y sus noches largas, pero el fuego de la chimenea y el calor de la familia mantenían el frío a raya. Mariana crecía día a día, cada vez más curiosa, cada vez más parecida a su madre en la mirada y a su padre en la sonrisa.
Pero el pasado, como el mar, nunca se aquieta del todo. A veces, las olas traen restos de naufragios que creíamos olvidados.
Todo comenzó con una carta. Una carta que lle