La oficina de Demian se encontraba sumida en un silencio abrumador. Afuera, la ciudad vibraba con el sonido del tráfico y las prisas cotidianas, pero allí dentro, el tiempo parecía haberse detenido. Él estaba sentado frente al ventanal, mirando hacia la nada, con los ojos vidriosos y la mandíbula apretada.
En su escritorio, un portarretrato yacía boca abajo. Lo había tirado sin querer en medio de su desesperación. Lo levantó con lentitud. Era una foto vacía, sin vida. Una mentira disfrazada de