—Me odia, Lucas… —la voz de Demian se quebró, resonando como un eco triste en las paredes de su oficina.
Lucas, sentado frente a él con una taza de café a medio terminar, lo observó en silencio. Sus ojos oscuros, siempre serenos, reflejaban una mezcla de compasión y dureza.
—¿Y qué esperabas que hiciera? —respondió con voz grave—. Después de lo que hiciste… ¿creías que te recibiría con los brazos abiertos?
Demian desvió la mirada, sintiendo el peso de cada palabra. Apretó la mandíbula con fuerz