Mariam estaba sentada en su oficina, con la mandíbula tensa y las manos entrelazadas sobre el escritorio. El reflejo del monitor iluminaba su rostro sereno, pero sus ojos estaban fijos, fríos, como si intentaran descifrar un rompecabezas imposible.
En la pantalla, el video de una cámara de vigilancia se repetía una y otra vez. Una figura encapuchada, con abrigo oscuro, se deslizaba entre la multitud de transeúntes hasta quedar justo detrás de ella. Luego el empujón, el tropiezo, la caída, los gr