Gloria recorría la amplia sala del comedor con ojos calculadores, asegurándose de que cada detalle brillara con perfección. Las cortinas eran nuevas, de tela costosa importada de Europa, la vajilla de porcelana relucía impecable bajo la luz de la araña de cristal, y la mesa estaba servida con manjares dignos de un restaurante de cinco estrellas. Nada podía salir mal esa noche. Nada.
Cada flor, cada servilleta, cada copa… todo había sido preparado para impresionar al poderoso Demian Thompson.
La