Mariam llegó a la mansión con el cuerpo agotado y el alma hecha pedazos. Apenas empujó la pesada puerta de entrada, un suspiro escapó de sus labios. No quería enfrentar esa noche, no quería tener que fingir que todo estaba bien cuando en su interior todo ardía como una hoguera imposible de apagar.
Subió lentamente las escaleras, sus piernas pesadas como plomo, el corazón latiéndole desacompasado por culpa de la rabia contenida y la tristeza que la ahogaba desde aquella escena en el hospital. Ca