Después de varios minutos caminando, diviso un parque frente a nosotros. Así que, sin decir una palabra, tomo su mano —a lo que él no se resiste— y lo conduzco conmigo hacia el lugar.
—Es un sitio muy bonito y animado, me recuerda a mi infancia y a mis años de adolescencia —comento, observando los distintos juegos llenos de niños y los bancos repartidos por todo el lugar.
—Hay mucha gente aquí —es todo lo que dice.
—Aún no te han reconocido.
—Y no quiero que lo hagan —expresa—. Sentémonos en es