Felipe
Romina me arrastró fuera del salón de manicura.
Su mano estaba aferrada a mi muñeca, y aunque yo era más grande, en ese momento sentí que no tenía poder alguno sobre la situación.
Ella mandaba, y yo solo seguía como un perro fiel.
Antes de salir, le lanzó una última mirada a Amy. Ella estaba sentada en una de las estaciones, sonriendo mientras la muchacha le aplicaba un esmalte de color violeta oscuro.
—Vamos a enviarle el video a Joaquín, —le dije en cuanto estuvimos fuera, bajando