Felipe
Llevaba apenas quince minutos parado en este lugar y ya estaba seguro de que esto había sido un error monumental.
—En serio, ¿Felipe? —preguntó Romina, cruzando sus brazos.
Traté de mantener la poca dignidad que me quedaba al ver el rostro de desagrado de todos.
—¿Qué tiene de malo? —dije, señalando los juegos—. ¡Es una plaza de juegos! Ellos son niños, deberían hacer estas cosas.
Nathan se cruzó de brazos y negó con la cabeza, aburrido y fastidiado.
—Qué idiota —murmuró Amy.
—Vamos, ch