Angélica
Me senté en la pequeña mesa junto a la ventana de la cafetería.
Frente a mí, la empresa de Joaquín parecía tranquila, pero yo sabía que dentro de ese edificio, mi hijo estaba lidiando con más de lo que le gustaría admitir.
Era una pena que no pudiera entrar y resolverlo todo por él, pero bueno, ya estaba haciendo lo mío.
Miré el reloj en mi muñeca.
Había llegado diez minutos antes, por supuesto. Puntualidad era cortesía, y además, quería evaluar el ambiente antes de nuestra charla.