Joaquín
Caminaba por el pasillo con el café en la mano, maldiciendo entre dientes por lo absurdo de la situación.
Sentía el líquido caliente en mis dedos a través del cartón y mi paciencia estaba al límite. ¿Por qué demonios estaba siguiendo órdenes de un chantajista anónimo?
Esto era ridículo. Llegué a la sala de copias y empujé la puerta con el pie.
—Aquí tienes tu maldito café, —dije en voz baja, por si el chantajista pudiera estar escondido entre las fotocopiadoras.
Pero la sala estaba v