Joaquín
Estaba caminando hacia mi escritorio, distraído como de costumbre.
Odiaba la oficina.
No porque fuera un lugar particularmente terrible, sino porque no podía hacer lo que realmente quería: besar a Camila frente a todos y gritar que era mía.
¡Pero no! Tenía que seguir con esta estúpida fachada de pasante, aguantando que Ramiro se pavoneara como si fuera el rey del lugar y que los demás me miraran con lástima o superioridad.
Estaba a punto de llegar a mi escritorio cuando una voz fami