Joaquín
Miré a la viejita, que todavía estaba de pie junto al auto, con los brazos cruzados y mirándome con una ceja levantada.
—¿Va a moverse o no? —me preguntó, impaciente.
—Sí, sí, ya voy —murmuré, encendiendo el motor y soltando un suspiro resignado.
Miré el reloj en el tablero, viendo que aún era temprano, pero para mí, el día ya había terminado.
Necesitaba despejar mi cabeza, y sabía exactamente cómo: un baño de agua helada, tal vez el más largo que haya tomado en mi vida. Porque despué