Había noches en que el silencio de la mansión no pesaba.
Esta era una de ellas.
Me había despertado pasada la medianoche sin saber exactamente por qué. No fue una pesadilla ni un ruido extraño ni ninguna de esas alarmas internas que durante meses me habían mantenido con los ojos abiertos a horas en que el mundo entero dormía. Fue simplemente eso: despertar. Como si algo en mí hubiera decidido que esta noche no era para dormir sino para estar despierta, quieta y dejar que los pensamientos llegar