Los días que siguieron al veredicto no fueron días de celebraciones, ni de discursos, ni de grandes gestos.
Fueron días de una calma tan profunda que, al principio, resultó casi desconcertante. La mansión, que durante meses había sido un campo de batalla de miradas furtivas y pasillos vigilados, comenzó a respirar de otra manera. Las cortinas ya no parecían esconder sombras. El crujido de la madera ya no sonaba a advertencia. Hasta la luz entraba distinto, como si también ella supiera que ya no