Los días en la mansión comenzaron a tener una cadencia diferente.
Ya no era el ritmo acelerado de la investigación, ni la tensión contenida de la espera del juicio. Era un ritmo más lento, más suave, como si el tiempo mismo hubiera decidido darnos un respiro después de meses corriendo sin saber muy bien hacia dónde. Me había acostumbrado tanto a funcionar en emergencia que la calma, paradójicamente, me costaba más trabajo que el caos. Pero estaba aprendiendo. Día a día, estaba aprendiendo.
Esos