El sol aún no había salido del todo cuando el teléfono de Andrés sonó en la mesilla de noche. Lo miré desde la puerta del dormitorio, donde me había asomado para avisarle que el café estaba listo.
—Es Leonardo —dijo, respondiendo la llamada. Escuchó un momento, luego frunció el ceño.
Colgó y me miró. Sus ojos tenían esa chispa de alerta que ya empezaba a reconocer.
—Quiere reunirse con nosotros antes de que el personal se disperse. Dice que ha revisado los registros de entrada y salida de los ú