El bosque se volvía más denso a medida que el grupo avanzaba. El aire era más frío, más pesado, como si el propio ambiente les advirtiera que estaban cruzando un umbral prohibido.
Emma no dejaba de sentir la presencia de algo… o alguien. Esa voz que la había llamado seguía resonando en su mente, suave pero insistente.
Caleb caminaba unos pasos adelante, con el ceño fruncido.
—Este lugar ha estado oculto por siglos… pero no siempre fue así —murmuró.
Emma levantó la mirada.
—¿Qué quiere