Tatiana cerró la puerta de la oficina con un golpe seco y se dejó caer pesadamente sobre el sofá de cuero, soltando un largo suspiro que resumía el caos de los últimos días.
—Está vivo... —murmuró con fastidio, sin ocultar la molestia en su voz—. Solo quemaduras menores.
Su esposo, Marcel, alzó la mirada desde su escritorio con una ceja arqueada y una sonrisa cínica curvando sus labios.
—Bueno... al parecer tiene más vidas que un gato —replicó con desdén, dejando el bolígrafo sobre la carpeta d