—No tienes nada que hacer aquí. ¡Largo! —espetó Hellen con frialdad, sin ocultar su molestia.
Marcel sonrió con arrogancia, disfrutando de la tensión en el ambiente.
—Qué grosera... antes rogabas por mi atención. Y ahora me echas, preciosa.
Hellen apretó los puños tratando de no perder la calma.
—Antes era una tonta —replicó con voz firme—. Las personas cambian, y yo cambié. Así que lárgate. No eres bienvenido aquí.
Pero Marcel, ignorando sus palabras, se sentó con elegancia en uno de los sofás