El silencio en la oficina era sofocante. Hellen se quedó de pie junto a la puerta, incapaz de moverse, incapaz de hablar. Sus ojos, grandes y oscuros, estaban clavados en la imagen frente a ella: su esposo, el hombre con el que había intentado recomponer un matrimonio hecho pedazos, besando con ternura a Julio.
El tiempo se detuvo. Todo lo que había hecho las últimas horas —cocinar con esmero, decorar la mesa, elegir un pastel con la esperanza ingenua de reconciliación— se volvió polvo. Su cora