La noche caía lentamente cuando Hellen cruzó el umbral de la mansión. El alma hecha trizas, la vista nublada por las lágrimas secas y un vacío en el pecho que le pesaba como una piedra. A cada paso que daba por el pasillo hacia la sala, el eco de lo que había visto se repetía en su mente como una pesadilla sin fin.
El beso. La traición. La certeza de que todo había sido una farsa.
No lloró al llegar. No gritó. Simplemente caminó como un fantasma hasta el armario de él, tomó una maleta y comenz