El reloj marcaba las once de la mañana cuando Hellen escuchó el timbre de la puerta. Frunció el ceño, no esperaba visitas. Caminó con cautela hasta la entrada y al abrir, se encontró con la última persona que pensaba ver: su madre.
—Mami… —susurró con sorpresa.
Su madre, una mujer elegante y de porte impecable, la observó con una expresión severa. Cruzó los brazos y suspiró pesadamente antes de entrar sin ser invitada. Hellen cerró la puerta y la siguió hasta la sala.
—¿A qué debo tu visita? —p