Mi primera reacción no fue el alivio de ver a mi hermano a salvo, ni siquiera la satisfacción de haber llegado a tiempo. Fue algo mucho más intenso, más complejo. Fue una necesidad primitiva, una llamarada de violencia pura que me quemó la garganta. Necesitaba destruir la amenaza. No solo neutralizarla; necesitaba desmantelarla.
Crucé la habitación en dos zancadas largas, devorando el espacio que me separaba de mi presa. Guardé la Glock con un movimiento fluido, pero mi mano derecha ya había en