El Mercedes blindado se deslizó por la rampa del estacionamiento subterráneo de mi edificio con el suave ronroneo de una bestia dormida. Estaba agotado. Mis huesos pedían una ducha caliente y mis ojos ardían por la falta de sueño, pero mis instintos seguían afilados como cuchillas de afeitar.
Fue entonces cuando lo vi. En una esquina oscura del nivel -2, lejos de las cámaras principales, estaba estacionado el mismo sedán negro de vidrios polarizados que había visto rondando el hospital las últi