Mientras el grito de Adeline aún resonaba en el pasillo, seguido por las risas eufóricas de Santiago y los sollozos de alivio de los padres. Afuera de la habitación, la vida hospitalaria parecía continuar con normalidad. Los carritos de medicinas pasaban, las alarmas sonaban a lo lejos y el personal se movía con prisa. Nadie notó a la enfermera que estaba parada en la esquina, fingiendo revisar un expediente clínico, pero con el cuerpo tenso y el oído agudizado hacia la puerta cerrada de la fam