Las horas se arrastraron en la habitación de la UCI como una condena lenta. Adeline no había vuelto a hablar desde su ataque de pánico; se limitaba a mirar al techo, con los ojos vidriosos, sumida en un silencio catatónico que me aterraba más que sus gritos.
La puerta se abrió y el Doctor Castelli entró de nuevo. Esta vez no traía carpetas ni pantallas. Traía una bandeja metálica pequeña.
—Adeline, Damián —saludó con tono neutro—. Necesito hacer una prueba de sensibilidad rápida. Es protocolo p