Nos dirigimos al auto. El aire fresco de la noche golpeó mi rostro en cuanto cruzamos las puertas del club, un contraste bendito contra el ambiente viciado y cargado de humo y perfumes baratos que dejábamos atrás.
El valet trajo el coche de Damián, una máquina negra y elegante que brillaba bajo las luces de la calle. Damián, como siempre, se adelantó para abrirme la puerta del copiloto. No hubo sonrisas fingidas esta vez, solo un gesto cortés y una mirada breve que parecía decir: "Ya casi llega