Mauricio entró en mi oficina casi sin aliento. Sus pasos pesados sobre la alfombra delataban que había encontrado algo, o que el miedo lo hacía correr más rápido de lo habitual. Sin esperar a que yo hablara, puso un papel sobre mi escritorio con las manos temblorosas.
—Señor, lo tengo —dijo, respirando agitado y apoyando las manos en sus caderas para recuperar el aire.
Tomé el papel con parsimonia, aunque por dentro la curiosidad me quemaba. Mis ojos recorrieron la información técnica hasta lle