Bajé las escaleras con la espalda erguida, forzando a mis piernas a no temblar. Cada escalón era un esfuerzo de voluntad. Al llegar al salón, divisé a Jasper de inmediato; estaba justo donde las chicas del baño habían predicho: rodeado de ellas, desplegando esa sonrisa de tiburón que tanto éxito le había dado en los negocios y en las conquistas.
Me acerqué con una calma gélida, interrumpiendo el círculo de risas juveniles.
—Querido —dije, colocando una mano suave sobre su brazo—. Yo me retiro.