Entré de nuevo a la sala de eventos, sintiendo el golpe de aire cálido y el murmullo ensordecedor de la música. Todavía llevaba puesto mi abrigo de piel blanco; me lo sujeté con fuerza contra el pecho, como si fuera un escudo. Antes de dar un paso más, me miré de pies a cabeza, verificando desesperadamente que no tuviera manchas de barro, ni hojas secas, ni nada que me delatara. No podía haber rastro alguno de que estuve afuera, en la oscuridad, con el hombre que se supone no existe en mi vida.