El silencio de Damián era un muro infranqueable y era precisamente eso lo que estaba consumiendo la poca paciencia que me quedaba. No podía seguir sentada frente a un extraño que me miraba como si fuera un rompecabezas roto que él mismo no quería armar.
Me levanté bruscamente, arrastrando la silla hacia atrás con un chirrido metálico que rasgó el aire tenso del comedor. No le quité la mirada de encima ni un segundo, desafiándolo con mis ojos cargados de frustración. Justo cuando me di la vuelta