Aquella noche fue diferente a todas las demás. El eco de la lluvia golpeando los cristales de la mansión parecía marcar el ritmo de una tragedia que apenas comenzaba a gestarse. Me quedé inmóvil en las sombras, observando a través de la rendija de la puerta cómo la hermandad de décadas se desmoronaba entre gritos y verdades a medias.
—Alfonso, entiéndelo, esto lo hago por nosotros —dijo el señor Carson, su voz cargada de una urgencia que nunca antes le había escuchado—. Va a llegar un momento e