Lo miré fijamente, su súplica, no dejes que nada le pase, colgando en el aire pesado del estudio, mezclándose con el olor a vino fuerte y madera vieja. Su vulnerabilidad era un arma. Me estaba entregando, a mí, a un extraño que fingía ser el novio, la cosa que él más valoraba.
Me incliné hacia adelante, dejando mi vaso en el escritorio. Apoyé los codos en mis rodillas, adoptando una postura de absoluta seriedad.
—Con todo respeto, señor Carson —dije, mi voz baja pero firme, cortando el silencio