Adeline subió las escaleras con las piernas pesadas, huyendo de la mirada radiante de su madre y de la gratitud mal dirigida de su padre. Al entrar en su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, dejando que el silencio la envolviera. Por un segundo, la habitación que siempre había sido su santuario se sintió ajena, como un escenario montado para una obra de teatro que ella no había aceptado protagonizar.
Se dejó caer en el borde de la cama y sacó su teléfono del bolso. La pantalla se